Las Caseras, Bolivia

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LAS VENDEDORAS BOLIVIANAS

Bolivia está ubicada en el centro de América del Sur y es uno de los países con mayor riqueza cultural de la región, su diversidad y la multiplicidad de contextos que este país ofrece han cautivado a más de uno. Por eso, las siguientes líneas contarán la historia de un conglomerado de mujeres que en su día a día conquistan las calles bolivianas para transformarlas en espacios laborales, mujeres que desempeñan su trabajo desde la invisibilidad de la cotidianidad.

El relato de Doña Elena

Nunca supe lo mucho que significaba Doña Elena para mi hasta el día en que no apareció en su esquina de siempre, el día que me di cuenta de su ausencia supe que algo ¨había cambiado¨. Por eso, no dudé en preguntar por ella a las personas que la conocían y la respuesta me deprimió bastante, Doña Elena estaba enferma, hace tres días que no iba a trabajar.

Pero ¿quién era Elena? Elena era mi vendedora de lechuga, ella se sentaba en una de las esquinas del mercado, ella era mi “casera”, una mujer que trabajaba todos los días, que no conocía las vacaciones ni el seguro de salud y que en navidad vendía lechugas a 2 bs (0.26 Euros) para terminar rápido e irse temprano a casa. Doña Elena no era una simple vendedora ella era mi amiga.

La economía en el mundo de las “caseritas”

En un mundo en el que todos estamos acostumbrados a los supermercados, las caseras representan una ruptura para el orden social, no sólo porque se adueñan de las calles si no porque estas personas (en su mayoría mujeres) desarrollan lazos de amistad con sus compradores, se preocupan por su salud, por su familia o por la pareja y no dudan en demostrar su aprecio dándote “la yapa”.

La yapa es un “extra” que la casera te regala por cortesía y por fidelidad, por ejemplo si le compras 5 manzanas por 10 bs (1.32 Euros), ella te regala una manzana más. “¿Y  mi yapa casera?”- Se lo dices con confianza y ella sonriendo te aumenta para que la siguiente vez no dudes en comprar de ella y no vayas a otros puestos de venta.

Así, estas mujeres logran tejer redes de amistad estrechas con sus compradores, te escuchan, te comprenden, te extrañan. Son rostros diversos que retratan a una parte de la estructura social boliviana y que día a día luchan por continuar en sus espacios laborales porque ellas y sus ancestras han apostado por tomar las calles y hacerlas suyas.

La casera y la cultura boliviana

Estas mujeres muestran en su forma de expresarse la resistencia actual de la sociedad boliviana ante la cultura hegemónica mundial, ellas se apropian de los espacios de la ciudad mostrando en sus vestimentas las expresiones artísticas que se oponen a la moda actual, ellas transitan por la calle con polleras de colores y sombreros que destilan historia y tradición y que marcan la ciudad de Cochabamba.

Las caseras son mujeres que conversan en Quecha, un idioma que expresa una cosmovisión distinta a la imperante, una visión de mundo que busca revivir las enseñanzas de las abuelas, en la que “acumular” no es lo más importante mientras “Vivas Bien”. Así, ellas susurran en su idioma sus quejas y sus necesidades a sus pares. Por eso, las caseras se alegran cuando encuentran a una aliada con la cual conversar en su idioma, porque ellas saben que en sus formas de expresión encontraran sosiego y la compañía de una semejante, de una igual.

Por eso, los lazos para estas mujeres son importantes y cada año no dudan en hacer “comadre” a su vecina o amiga se forme un vínculo más estrecho. La comadre es entonces un vínculo de camaradería entre amigas y suele darse este nombramiento en dos ocasiones, una para celebraciones como bautizos o bodas en la que la comadre ofrece una relación de consejera y proveedora de regalos; y la otra en carnavales en la que las caseras se juntan a celebrar y se nombran entre ellas como un símbolo de amistad.

Por eso, “ser mujer” en Bolivia es ser una casera, ya que ellas representan parte de la diversidad cultural que existe en este país. Así, ser una casera es representar la tradición porque por generaciones las mujeres han aprendido a comprar y vender como medio de subsistencia.  Ellas han demostrado su fortaleza en su cotidianidad al buscar oportunidades desde su esfuerzo laboral continuo.

Ser una “Casera” en la sociedad boliviana

Ser una casera también representa desigualdad porque su trabajo no cuenta con normativas que las favorezcan. Muchas comienzan a trabajar a corta edad a causa de la situación en Bolivia en la que el trabajo infantil está “normalizado” y la economía de varias familias depende de que todos sus miembros trabajen. Este es uno de los factores a considerar cuando se busca una educación igualitaria para todos y todas. Por estas razones, el trabajo de muchas de ellas está invisibilizado. Así, en Bolivia se atenúa el esfuerzo laboral de estas mujeres que mantiene latente el comercio minoritario en las ciudades.

Las caseras trabajan desde muy temprano, muchas tendrán que recorrer grandes distancias para llegar a sus puestos laborales. Es necesario resaltar que su trabajo en ocasiones conlleva más de 8 horas debido a que ellas deben terminar con sus mercancías para irse a casa. Muchas de ellas tampoco cuentan con puestos de venta establecidos y deambulan por las calles ofreciendo sus productos. Así, las caseras se van ingeniando para vender, para formar lazos con sus compradores, para aprovechar manifestaciones y para sobrellevar las inclemencias del tiempo.

 

Uno de los grandes inconvenientes de su rubro es que muchas de estas mujeres no cuentan con un seguro de salud establecido. Este fue el caso de Doña Elena, ella nunca volvió a su puesto de trabajo, una enfermedad silenciosa se la llevó, nunca tuvo las condiciones económicas suficientes para ir al doctor y hacerse ver por un especialista. Doña Elena con la sonrisa acompañada de arrugas nunca faltaba a su trabajo hasta el día en la que la enfermedad se lo impidió. Este relato es dedicado a ella y a sus congéneres que en su forma de ganarse la vida se ganan los corazones de la gente.

Autora: Carola Yara Espinoza

Fotografía: Iris Sigalit Ocampo

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